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Declaración del Sr. Oualalou, Ministro de Economia y Finanzas, Marruecos

Declaración del Sr. Oualalou (Marruecos)

En la última reunión de nuestro Comité, celebrada el 5 de octubre de 1998, tuvimos oportunidad de evaluar las consecuencias –y extraer las enseñanzas necesarias– de la crisis financiera desatada en el sudeste asiático 15 meses antes.

El tema aún se sigue analizando, dado que varios foros y organismos regionales y multilaterales procuran hallar las formas más adecuadas de frenar la crisis actual y evitar que se produzcan otras similares.

De este proceso han surgido ideas nuevas y fructíferas; se han propuesto iniciativas para restablecer la estabilidad económica mundial, en el marco de una mayor solidaridad internacional basada en los principios de una administración racional en todos los planos, con el objetivo final de asegurar el crecimiento sostenible y la reducción irreversible de la pobreza.

Este enfoque es ineludible, en vista de la globalización de los mercados, la creciente interdependencia de las economías nacionales y la convergencia de los ámbitos reales y financieros.

El éxito de este enfoque requiere del compromiso internacional de idear estrategias comunes para ordenar las actividades de los gobiernos, las instituciones multilaterales y los operadores privados.

Es importante reconocer que, si bien los temores de una recesión generalizada han disminuido, aún no se ha logrado frenar por completo la crisis y pasará algún tiempo antes de que se superen totalmente sus efectos negativos sobre la mayoría de los países emergentes y la economía mundial.

La mayor pobreza de los sectores más vulnerables de la sociedad y el aumento del desempleo en algunos de los países afectados son dos factores por los cuales es imperioso reorientar nuestras políticas y estrategias para centrarlas en el individuo y el desarrollo social.

Por dos razones esenciales, este nuevo enfoque es ahora una necesidad y no una opción. Por empezar, no importa cuán sólido sea, el crecimiento sólo resultará sostenible si sus beneficios se distribuyen equitativamente y si mejora el bienestar de toda la población y reduce la inseguridad y las causas de vulnerabilidad. Este criterio es crucial a fin de aumentar la capacidad de los países para soportar crisis externas, incluso las que se generan por contagio, peligro al que ningún país del mundo es completamente inmune. En segundo término, el equilibrio macroeconómico no debe ser un fin en sí mismo, sino un instrumento para promover el desarrollo social y mejorar el bienestar del ser humano.

Estos principios deben regir las actividades de los gobiernos, las instituciones financieras multilaterales y otros donantes, en el marco de una asociación para la cooperación que trascienda las acciones individuales y los programas específicos.

En este contexto, es digna de estímulo la iniciativa emprendida por el Banco Mundial para organizar un nuevo marco de cooperación con los países solicitantes, es decir, el Marco Integral de Desarrollo, en la medida en que permita abordar simultáneamente las cuestiones macroeconómicas, sociales, estructurales y del individuo.

Aún no se ha dado forma definitiva a este Marco Integral de Desarrollo, pero desearía enunciar tres principios esenciales en los que, creo, debe fundarse y que le garantizarían el éxito previsto. El primero es que el Marco debe adecuarse a las prioridades y los programas del país interesado, de manera tal de aumentar sus efectos y probabilidades de ejecución. Segundo, debe tener el grado mínimo de elasticidad necesario para asegurar que su flexibilidad y capacidad de adaptación le permitan adecuarse a la gran variedad de situaciones y niveles de desarrollo existentes en los países que ha de asistir. Tercero, los recursos para financiar la creación del Marco Integral de Desarrollo deben movilizarse en los plazos y condiciones apropiados. Nuestro deseo, en este sentido, es que el Banco Mundial actúe como importante agente catalizador para atraer los recursos en condiciones muy favorables que se ofrecerán por medio del Marco.

También se requiere una muestra similar de solidaridad internacional para apoyar a los países que están saliendo de un conflicto. Deben alentarse las propuestas de ampliar el concepto de país que sale de un conflicto que actualmente estudia el Banco Mundial.

Asimismo, es preciso dar impulso a las recientes propuestas de ampliar el alcance de las medidas tendientes a aliviar la situación de los países pobres muy endeudados, suavizar los criterios de elegibilidad empleados y reducir el período que debe transcurrir para que los países calificados puedan beneficiarse de esta iniciativa.

Dado que las mejoras de este tipo evidentemente aumentarán el costo de la iniciativa, creo que será necesaria otra muestra de solidaridad internacional para alcanzar el consenso sobre su reestructuración; en este caso, no sólo a fin de asegurar los recursos para la iniciativa, sino también para lograr que el apoyo de las instituciones financieras multilaterales y del Banco Africano de Desarrollo, en particular, sea sostenible y menos restrictivo.

No deseo concluir estas observaciones sin apelar a la comunidad internacional para que reflexione sobre la forma de aliviar la carga de la deuda de los países de ingresos medianos. Insto a la comunidad a que, al hacerlo, tome en consideración, además de los niveles de PIB per cápita de estos países, sus necesidades de desarrollo social.

Finalmente, deseo señalar que no sólo es prioritario salvaguardar la estructura financiera y la viabilidad del Banco Mundial, sino también reforzarlas. Para lograrlo, el Banco debe focalizar su atención en su misión primordial: promover el crecimiento sostenible y financiarlo al menor costo posible.

Al mismo tiempo, se debe examinar la cuestión de la suficiencia de capital del Banco. Si la institución ha de llevar a cabo con éxito su misión, cualquier demora en este aspecto sólo se traducirá en mayores costos para los países prestatarios.

Declaración del Sr. Oualalou (Marruecos)

En la última reunión de nuestro Comité, celebrada el 5 de octubre de 1998, tuvimos oportunidad de evaluar las consecuencias –y extraer las enseñanzas necesarias– de la crisis financiera desatada en el sudeste asiático 15 meses antes.

El tema aún se sigue analizando, dado que varios foros y organismos regionales y multilaterales procuran hallar las formas más adecuadas de frenar la crisis actual y evitar que se produzcan otras similares.

De este proceso han surgido ideas nuevas y fructíferas; se han propuesto iniciativas para restablecer la estabilidad económica mundial, en el marco de una mayor solidaridad internacional basada en los principios de una administración racional en todos los planos, con el objetivo final de asegurar el crecimiento sostenible y la reducción irreversible de la pobreza.

Este enfoque es ineludible, en vista de la globalización de los mercados, la creciente interdependencia de las economías nacionales y la convergencia de los ámbitos reales y financieros.

El éxito de este enfoque requiere del compromiso internacional de idear estrategias comunes para ordenar las actividades de los gobiernos, las instituciones multilaterales y los operadores privados.

Es importante reconocer que, si bien los temores de una recesión generalizada han disminuido, aún no se ha logrado frenar por completo la crisis y pasará algún tiempo antes de que se superen totalmente sus efectos negativos sobre la mayoría de los países emergentes y la economía mundial.

La mayor pobreza de los sectores más vulnerables de la sociedad y el aumento del desempleo en algunos de los países afectados son dos factores por los cuales es imperioso reorientar nuestras políticas y estrategias para centrarlas en el individuo y el desarrollo social.

Por dos razones esenciales, este nuevo enfoque es ahora una necesidad y no una opción. Por empezar, no importa cuán sólido sea, el crecimiento sólo resultará sostenible si sus beneficios se distribuyen equitativamente y si mejora el bienestar de toda la población y reduce la inseguridad y las causas de vulnerabilidad. Este criterio es crucial a fin de aumentar la capacidad de los países para soportar crisis externas, incluso las que se generan por contagio, peligro al que ningún país del mundo es completamente inmune. En segundo término, el equilibrio macroeconómico no debe ser un fin en sí mismo, sino un instrumento para promover el desarrollo social y mejorar el bienestar del ser humano.

Estos principios deben regir las actividades de los gobiernos, las instituciones financieras multilaterales y otros donantes, en el marco de una asociación para la cooperación que trascienda las acciones individuales y los programas específicos.

En este contexto, es digna de estímulo la iniciativa emprendida por el Banco Mundial para organizar un nuevo marco de cooperación con los países solicitantes, es decir, el Marco Integral de Desarrollo, en la medida en que permita abordar simultáneamente las cuestiones macroeconómicas, sociales, estructurales y del individuo.

Aún no se ha dado forma definitiva a este Marco Integral de Desarrollo, pero desearía enunciar tres principios esenciales en los que, creo, debe fundarse y que le garantizarían el éxito previsto. El primero es que el Marco debe adecuarse a las prioridades y los programas del país interesado, de manera tal de aumentar sus efectos y probabilidades de ejecución. Segundo, debe tener el grado mínimo de elasticidad necesario para asegurar que su flexibilidad y capacidad de adaptación le permitan adecuarse a la gran variedad de situaciones y niveles de desarrollo existentes en los países que ha de asistir. Tercero, los recursos para financiar la creación del Marco Integral de Desarrollo deben movilizarse en los plazos y condiciones apropiados. Nuestro deseo, en este sentido, es que el Banco Mundial actúe como importante agente catalizador para atraer los recursos en condiciones muy favorables que se ofrecerán por medio del Marco.

También se requiere una muestra similar de solidaridad internacional para apoyar a los países que están saliendo de un conflicto. Deben alentarse las propuestas de ampliar el concepto de país que sale de un conflicto que actualmente estudia el Banco Mundial.

Asimismo, es preciso dar impulso a las recientes propuestas de ampliar el alcance de las medidas tendientes a aliviar la situación de los países pobres muy endeudados, suavizar los criterios de elegibilidad empleados y reducir el período que debe transcurrir para que los países calificados puedan beneficiarse de esta iniciativa.

Dado que las mejoras de este tipo evidentemente aumentarán el costo de la iniciativa, creo que será necesaria otra muestra de solidaridad internacional para alcanzar el consenso sobre su reestructuración; en este caso, no sólo a fin de asegurar los recursos para la iniciativa, sino también para lograr que el apoyo de las instituciones financieras multilaterales y del Banco Africano de Desarrollo, en particular, sea sostenible y menos restrictivo.

No deseo concluir estas observaciones sin apelar a la comunidad internacional para que reflexione sobre la forma de aliviar la carga de la deuda de los países de ingresos medianos. Insto a la comunidad a que, al hacerlo, tome en consideración, además de los niveles de PIB per cápita de estos países, sus necesidades de desarrollo social.

Finalmente, deseo señalar que no sólo es prioritario salvaguardar la estructura financiera y la viabilidad del Banco Mundial, sino también reforzarlas. Para lograrlo, el Banco debe focalizar su atención en su misión primordial: promover el crecimiento sostenible y financiarlo al menor costo posible.

Al mismo tiempo, se debe examinar la cuestión de la suficiencia de capital del Banco. Si la institución ha de llevar a cabo con éxito su misión, cualquier demora en este aspecto sólo se traducirá en mayores costos para los países prestatarios.

Declaración del Sr. Oualalou (Marruecos)

En la última reunión de nuestro Comité, celebrada el 5 de octubre de 1998, tuvimos oportunidad de evaluar las consecuencias –y extraer las enseñanzas necesarias– de la crisis financiera desatada en el sudeste asiático 15 meses antes.

El tema aún se sigue analizando, dado que varios foros y organismos regionales y multilaterales procuran hallar las formas más adecuadas de frenar la crisis actual y evitar que se produzcan otras similares.

De este proceso han surgido ideas nuevas y fructíferas; se han propuesto iniciativas para restablecer la estabilidad económica mundial, en el marco de una mayor solidaridad internacional basada en los principios de una administración racional en todos los planos, con el objetivo final de asegurar el crecimiento sostenible y la reducción irreversible de la pobreza.

Este enfoque es ineludible, en vista de la globalización de los mercados, la creciente interdependencia de las economías nacionales y la convergencia de los ámbitos reales y financieros.

El éxito de este enfoque requiere del compromiso internacional de idear estrategias comunes para ordenar las actividades de los gobiernos, las instituciones multilaterales y los operadores privados.

Es importante reconocer que, si bien los temores de una recesión generalizada han disminuido, aún no se ha logrado frenar por completo la crisis y pasará algún tiempo antes de que se superen totalmente sus efectos negativos sobre la mayoría de los países emergentes y la economía mundial.

La mayor pobreza de los sectores más vulnerables de la sociedad y el aumento del desempleo en algunos de los países afectados son dos factores por los cuales es imperioso reorientar nuestras políticas y estrategias para centrarlas en el individuo y el desarrollo social.

Por dos razones esenciales, este nuevo enfoque es ahora una necesidad y no una opción. Por empezar, no importa cuán sólido sea, el crecimiento sólo resultará sostenible si sus beneficios se distribuyen equitativamente y si mejora el bienestar de toda la población y reduce la inseguridad y las causas de vulnerabilidad. Este criterio es crucial a fin de aumentar la capacidad de los países para soportar crisis externas, incluso las que se generan por contagio, peligro al que ningún país del mundo es completamente inmune. En segundo término, el equilibrio macroeconómico no debe ser un fin en sí mismo, sino un instrumento para promover el desarrollo social y mejorar el bienestar del ser humano.

Estos principios deben regir las actividades de los gobiernos, las instituciones financieras multilaterales y otros donantes, en el marco de una asociación para la cooperación que trascienda las acciones individuales y los programas específicos.

En este contexto, es digna de estímulo la iniciativa emprendida por el Banco Mundial para organizar un nuevo marco de cooperación con los países solicitantes, es decir, el Marco Integral de Desarrollo, en la medida en que permita abordar simultáneamente las cuestiones macroeconómicas, sociales, estructurales y del individuo.

Aún no se ha dado forma definitiva a este Marco Integral de Desarrollo, pero desearía enunciar tres principios esenciales en los que, creo, debe fundarse y que le garantizarían el éxito previsto. El primero es que el Marco debe adecuarse a las prioridades y los programas del país interesado, de manera tal de aumentar sus efectos y probabilidades de ejecución. Segundo, debe tener el grado mínimo de elasticidad necesario para asegurar que su flexibilidad y capacidad de adaptación le permitan adecuarse a la gran variedad de situaciones y niveles de desarrollo existentes en los países que ha de asistir. Tercero, los recursos para financiar la creación del Marco Integral de Desarrollo deben movilizarse en los plazos y condiciones apropiados. Nuestro deseo, en este sentido, es que el Banco Mundial actúe como importante agente catalizador para atraer los recursos en condiciones muy favorables que se ofrecerán por medio del Marco.

También se requiere una muestra similar de solidaridad internacional para apoyar a los países que están saliendo de un conflicto. Deben alentarse las propuestas de ampliar el concepto de país que sale de un conflicto que actualmente estudia el Banco Mundial.

Asimismo, es preciso dar impulso a las recientes propuestas de ampliar el alcance de las medidas tendientes a aliviar la situación de los países pobres muy endeudados, suavizar los criterios de elegibilidad empleados y reducir el período que debe transcurrir para que los países calificados puedan beneficiarse de esta iniciativa.

Dado que las mejoras de este tipo evidentemente aumentarán el costo de la iniciativa, creo que será necesaria otra muestra de solidaridad internacional para alcanzar el consenso sobre su reestructuración; en este caso, no sólo a fin de asegurar los recursos para la iniciativa, sino también para lograr que el apoyo de las instituciones financieras multilaterales y del Banco Africano de Desarrollo, en particular, sea sostenible y menos restrictivo.

No deseo concluir estas observaciones sin apelar a la comunidad internacional para que reflexione sobre la forma de aliviar la carga de la deuda de los países de ingresos medianos. Insto a la comunidad a que, al hacerlo, tome en consideración, además de los niveles de PIB per cápita de estos países, sus necesidades de desarrollo social.

Finalmente, deseo señalar que no sólo es prioritario salvaguardar la estructura financiera y la viabilidad del Banco Mundial, sino también reforzarlas. Para lograrlo, el Banco debe focalizar su atención en su misión primordial: promover el crecimiento sostenible y financiarlo al menor costo posible.

Al mismo tiempo, se debe examinar la cuestión de la suficiencia de capital del Banco. Si la institución ha de llevar a cabo con éxito su misión, cualquier demora en este aspecto sólo se traducirá en mayores costos para los países prestatarios.

 



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